Tardé mil días en reconocer que tenía mil cabezas, y desde entonces creo que soy un médico más feliz. Al menos, más honesto conmigo mismo. Es decir, honesto con los múltiples médicos que hay en mí.
De todos mis yoes, mi favorito es don Cálmez, el médico obrero. Cuando soy él, comienzo la semana concienciado. Un lunes es un lunes, y más después de un puente. Ya no me asusto si abro la agenda y la encuentro repleta de nombres, me pongo manos a la obra desde que llego sin rechistar. Si tengo llamadas, las intercalo con analíticas pendientes o papeles varios; si me mandan tareas de la residencia de ancianos (actualizar visados, renovar recetas caducadas, revisar constantes averiadas y emitir juicios precarios), comienzo por la primera, y luego la segunda, y así hasta acabar. Después, el café, imperdonable, salvo que se esté cayendo la Tierra. Llegan las consultas de demanda y destenso las mandíbulas, respiro hondo y hablo despacio, en voz baja, como si fuera víctima de un ataque agudo de disfonía. En los días que trabaja Cálmez, bien sé que no podré hacer grandes florituras, no, que tendré que ir paciente a paciente, escuchar lo que tenga que escuchar y decir lo que tenga que decir, sonreír cuando toque, y si hay que romper a reír, hacerlo aunque no sea a borbotones. No me dejo llevar por las emociones, más bien las acompaso como en un baile lento, con un paso seguro de sí mismo. Si el paciente se tiene que quitar cuatro capas de ropa para auscultarle el pecho descubierto, ¡qué le vamos a hacer! Y si alguien se impacienta en la sala de espera, a tragar saliva y no enfrentarse, pase lo que pase. El caso es no desviarse en asuntos que no vienen a cuento, pero tampoco correr, porque, como todo Cálmez sabe, cuando se corre siempre se cae algo por el camino, y no hay cosa que me moleste más que dejar las cosas a medias.
Pero, claro, a veces esta estrategia se ve sobrepasada por los acontecimientos, y tras encadenar una serie de consultas seguidas en las que me he tenido que parar quizá más de la cuenta (pero ¿cuánto es más de la cuenta?), acumulo casi una hora de retraso y aún tengo que subir a la residencia a ver a dos ancianos y hacer todo el papeleo atrasado, además de llamar al internista para que me acepte el caso de Yolanda, que, aunque está asintomática, tiene sendos ganglios inflamados en sus respectivos huecos supraclaviculares. Entonces el señor Cagaprisas coge las riendas con la misión de hacer el trabajo sucio de limpiar la consulta, y me despacho con la frialdad y eficacia de un inspector de policía en un caso de asesinato. Delimito rápidamente los motivos de consulta, interrumpo el discurso del paciente con discreción y decisión y me dirijo con soltura a dar respuesta a sus demandas, pero nada más que a sus demandas. Solo en el caso de intuir que algún cabo importante queda suelto, lo emplazo para atarlo otro día, pero el objetivo de Cagaprisas es acabar lo mejor posible lo antes que se pueda, y en eso he de reconocer que soy bueno.
El doctor Todooídos es el rey de los miércoles, el apogeo de la semana. Debe ser una delicia hablarle sin tapujos a un médico que no repare en minutos, que te ofrezca pañuelos de papel y un buen hombro que lo soporte todo. Cuando soy Todooídos, entorno a veces los ojos, como tratando de darle cierta calidez a la mirada, y hago como si nada en el mundo fuese más importante que estar escuchando a esa persona hablar de sus penurias, aunque en el fondo pudiera estar soñando en mil sitios donde gustosamente estaría mejor en ese momento que ahí. Nadie podría pensar, sin embargo, que soy un impostor, porque los que son de la cuerda de Todooídos también saben que el oficio se hace de estos pequeños momentos en los que se logra entender un poco mejor el alma, sea eso lo que quiera que sea.
Todo héroe tiene su némesis, y en el caso de Todooídos es el Increíble Hulk. Me pongo verde de ira y voy creciendo en masa de forma proporcional al sentimiento de agravio. Porque Hulk aparece sobre todo cuando alguien me reta a saber más de medicina que yo, o me menosprecia por ser un médico de segunda, no como los del hospital. Algo que no ocurre a menudo, por suerte, porque convertirme en Hulk precisa de tanta energía estéril que me deja baldado y con una rebaba de resentimiento por la profesión. Por eso es por lo que tengo al Increíble tan a raya.
Cuando se comete una injusticia (la exigencia de un análisis porque para eso pago la Seguridad Social, la petición de prescribir el rutilante fármaco del especialista privado), hace acto de presencia su señoría el Ilmo. Juez Justiniano. Justi, para los amigos, no se parece en nada al juez Caprio, que interpreta las leyes con ingenio y cambia las condenas por segundas oportunidades, no. Cuando soy Justi, me convierto en un ser rectilíneo, a veces diría que tozudo, más inflexible cuanto más peso de razón tengan mis argumentos. Entonces me rijo por la ética de la negativa, y no hay nada más placentero que negar a alguien algo sin dar más explicaciones que estar cumpliendo estrictamente con tu deber. Luego, camino a casa, acabo arrepentido, claro, y me acuerdo de los residentes que rotan conmigo, a los que siempre pregunto al terminar con los pacientes: «¿Cómo crees que podrías haberlo hecho diferente?».
Hay otros perfiles de mí mismo que solo irrumpen cuando se les ilumina. Con los niños, por ejemplo, me pongo la nariz de Patch Adams, y como aprecio la autenticidad por encima de todas las cosas, les hago chistes malos porque sé que ellos solo se ríen si les hace gracia, y no con esa sonrisa forzada de sus padres en su afán de congeniarse conmigo a toda costa. Hacer cosquillas a los niños forma parte de la exploración tanto como verles los oídos, porque cuando no se ríen sé que están malos de verdad, aunque en realidad no sé si hay ciencia detrás de este signo, como con tantas y tantas cosas que hacemos sin saber.
Otro oportunista al que tengo cariño es Baobab, ese médico jipi que llevo dentro. No sale mucho, porque es conocedor de su derrota: son tiempos difíciles para aconsejar esperar a que el cuerpo sane por sí mismo, como mucho ayudarlo con un cambio de alimentación o armonizando el ritmo de la respiración al de las olas del mar, pero nunca con pastillas. Baobab espera su oportunidad desde la retaguardia del córtex prefrontal, allá donde reside la sabiduría ancestral, y cuando actúa, vence y convence, como los buenos actores de teatro en la noche del estreno, y acaba su actuación siempre con un guiño.
Hay días taciturnos en que las nubes convocan a un tal Juntaversos. Más que médico, en esos momentos soy un poeta, de esos que llaman malditos. Me enredo en sinécdoques y rimas ocultas al explicar a los pacientes el mecanismo de la aterosclerosis, me asaltan ensoñaciones fugaces en lo que voy de la camilla al ordenador, y suspiro varias veces por minuto. Cuando Juntaversos hace de médico, los pacientes me miran circunspectos y se atreven a diagnosticarme enfermedades raras y a aconsejarme mejunjes y días de descanso, y entonces aparco hasta la tarde mis delirios de rebelde incomprendido para no comprometer mi rol profesional.
Pero con el ego con el que más me divierto es con Míster Tamariz, el médico trilero que trata de entretener al paciente mientras la naturaleza obra, como dicen que dijo Voltaire. ¿Cómo lo hace? ¡Ah, ese médico tiene muchas artimañas! Se saca de la manga trucos como pedir pruebas absurdas por aquí o recetar algún fármaco tan inútil como inocuo por allí, y cuando habla, lo hace con chispa para darle la misma carga de credibilidad que de fantasía a las palabras.
Hay dos situaciones críticas en las que mis múltiples personalidades se ponen en jaque. En viernes o en verano todo se me hace cuesta arriba, estoy espeso y tengo que emplearme a fondo para concentrarme, y entonces pulso el botón del piloto automático y quedan en suspenso todos los médicos que hay en mí. La consulta la pasa un artilugio que realiza las tareas justas y necesarias con el mínimo esfuerzo, lo que me convierte en la más humana de las máquinas de diagnosticar y tratar. Se corre el riesgo de perder la pista de cosas importantes, como la mirada esquiva de un presunto incumplidor terapéutico o una forma de toser distinta y sospechosa, de ahí que haya que estar calibrando ese dispositivo cada dos por tres. Y en los días en que al salir de la guardia engancho de nuevo con la consulta… el cansancio tiene un efecto demoledor sobre el control de los yoes, ni yo mismo sé quién tomará el mando en cada momento, y lo único que pienso es en cómo aplacar la insurrección de mis alter ego y mandarlos a todos a hacer puñetas.
Tengo tantas capas y batas como superhéroes hay en el universo Marvel. Y todos estos médicos soy yo. Los veo a veces como los jugadores del banquillo de un equipo veterano de baloncesto que no tiene entrenador y se guía por la intuición (o el caos), y que pugnan nerviosamente por saltar a la cancha. En otras ocasiones, los oigo discutir a escondidas del paciente, como diablillos y angelitos cualesquiera, dispensando sus pareceres sobre cómo proceder en la visita, y yo los escucho —cómo no, he aprendido con el tiempo a hacerlo—, a veces para darles la razón, otras para luego hacer lo que me parece, pero ellos no parecen molestarse cuando hago lo segundo ni se hinchan de orgullo en el primer caso, porque saben que es el turno de Ernesto Piazolaa, el que dice ser el jefe por encima de todos los demás. Y Ernesto podrá ser un veleta, pero es un veleta auténtico, de los que a veces se empecina en señalar al noreste aun cuando domina el viento sur, y no le cuesta nada admitirlo cuando se equivoca.
Ahora entiendo la confusión de mis pacientes, la incertidumbre que traen cuando rebasan la entrada de mi consulta y me miran a la cara preguntándose cuál de todas mis mil cabezas les va a atender hoy. La longitudinalidad..., ah, esa dulce quimera.
a Ernesto Piazola es el seudónimo utilizado por Enrique Gavián Moral.

Paula 22-12-25
Yo quiero que me enseñes a ser un poco más "así".
Eva Josefa 10-09-25
Que buen artículo. Gracias por relatar, con ese sentido del humor tan inteligente, nuestro día a día.
Carmen 06-09-25
Gracias Enrique. Necesaria reflexión para no caer en la esquizofrenia a la que nos aboca el sistema actualmente.
Carlos 23-06-25
Me ha parecido un ejercicio de necesaria autoindulgencia, de reflexión necesaria sobre lo inevitable, sobre la realidad del día a día. Creo que ayuda a entendernos en un ejercicio de autoempatía o autocompasión, disfrazado de un discurso aparentemente ligero, pero que señala realidades que ayudan a entendernos y a obtener, sino la indulgencia plena, si el "perdón de los pecados, hecho el propósito de la enmienda". Gracias Enrique
Carlos A. 20-06-25
Muy bueno, es verídico, todos somos así. Sigue con ese humor compañero y evitaremos males mayores... Un ABRAZO Y UN SALUDO.