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Marzo 2025
Marzo 2025

Oftalmoscopia retrospectiva

DOI: 10.55783/AMF.S210306

Jose Maria Verdú Rotellar

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria CAP Sant Martí de Provençals. Barcelona

Jose Maria Verdú Rotellar

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria CAP Sant Martí de Provençals. Barcelona

Este relato ha sido el ganador del primer premio del I Concurso de Relatos de AMF.

 

Me costó aprender a examinar el fondo de ojo. Lo logré en mi rotación externa de R4 en Cuba, que realicé en un pueblo marinero llamado Nuevitas, donde los pescadores se alimentaban de grandes almejas similares a ostras que comían al borde de la playa rocosa regadas con ron de su propia cosecha.

Allí, un médico veterano que había asistido a las tropas internacionalistas en la guerra de Mozambique me dio un consejo: «Sumérgete en la luz de la pupila como si te tirases al vacío, síguela como una catarata». Y así lo hice: aprendí a zambullirme en los ojos de los pacientes tal como me había dicho el viejo cubano.

Cuando terminé la rotación, me invitó a su casa colonial a una deliciosa ropa vieja que acompañamos con un vino de Rioja que conseguí de estraperlo. Me dijo que quería hacerme un regalo que jamás había hecho a nadie: contarme su verdadero secreto sobre el fondo de ojo.

Me explicó que, con una combinación de las dioptrías adecuadas en el oftalmoscopio, una intensidad y un color determinado de luz, no solo se podía ver la anatomía de la retina, sino que se podía entrar en el pasado de los pacientes, viendo imágenes nítidas de lo que les sucedió, incluso se podía escuchar lo que les había acaecido en una especie de ensoñación. Dependiendo de las pequeñas ramas de las arterias que se visualicen, se puede seleccionar el pasado que se quiere ver del paciente: si se desea descubrir recuerdos gloriosos, alegres, se ha de seguir la arteria temporal inferior en las distintas ramas más diminutas, y para visualizar las vivencias pasadas ocultas, secretas, es necesario deslizarse por la arteria nasal superior, y en una rama, que no desvelaré de momento, las encontraremos.

A mi vuelta de Cuba, me aficioné a mirar el fondo de ojo retrospectivo de los pacientes; así descubrí que aquella pareja modosita pasaba desenfrenados fines de semana en un club de intercambio de parejas o que el joven que desde hacía un año estaba de baja por una lumbalgia incapacitante daba clases de break dance en naves industriales, y también vi cómo ese caballero de aspecto distinguido se ganaba la vida estafando a incautos alquilándoles casas inexistentes.

Esos y otros pasados ocultos contemplé con la fórmula oftalmoscópica del médico cubano. Pero llegó un momento en que consideré que no era ético, que cada uno tiene derecho a ocultar aquello que no quiere que conozcamos. Decidí dejarlo cuando exploré el fondo de ojo a Nicola. Un hombre apuesto, de mediana edad, que se presentaba como profesor de filosofía de una universidad a distancia de su país. Como era diabético bien controlado, lo veía un par de veces al año y siempre terminábamos la consulta hablando sobre algún tema filosófico: los estoicos, santo Tomás, Campanella, Walter Benjamin… Mi curiosidad por su posible pasado bohemio me impulsó a examinarle el fondo de ojo retrospectivo. Me quedé helada: vi que Nicola era asesino a sueldo, frío y certero con la pistola. Como atenuante, pude comprobar y oír en las imágenes oníricas que siempre daba una oportunidad de huida a sus víctimas: «Te doy cuarenta y ocho horas para desaparecer; si te vuelvo a ver, date por muerto».

Pasaron un par años hasta que volví a utilizar la oftalmoscopia retrospectiva. He de confesar que, en varias ocasiones, cuando establecía relaciones con nuevas parejas, sentía la tentación de mirarles el fondo del ojo para conocer su verdadero pasado, sus secretos escondidos, sus gustos sexuales, pero me mantuve firme en mis convicciones hasta que llegó Gisela.

Después de varios intentos, la hermana de Gisela, una paciente que había padecido numerosos eventos cardiovasculares por un síndrome antifosfolípido, había conseguido la reagrupación familiar. Gisela era una joven sudamericana, de quince años, pero aparentaba tres o cuatro más, era de una belleza lánguida, pero penetrante.

Su hermana me pidió que fuera a visitar a la adolescente a su domicilio, ya que no hablaba, no comía prácticamente, no se levantaba de la cama; ante la tremenda apatía y abandono de la recién llegada, decidí derivarla a urgencias, donde el psiquiatra de guardia le diagnosticó duelo migratorio extremo, también conocido como el síndrome de abandono del inmigrante.

A la semana siguiente, Gisela se intentó suicidar tomándose una caja de comprimidos de diazepam de su hermana. Por fortuna, esta fue a desearle las buenas noches antes de irse a la cama y el sistema de emergencias médicas pudo revertir el coma con flumazenilo.

Cuando Gisela fue dada de alta, fui a verla de nuevo a su domicilio. Seguía hierática, apática, sin decir una sola palabra, apenas comía, solo tomaba algún batido de yogur con frutas y acariciaba al gato Boirot. Fue entonces cuando decidí retomar la práctica de la oftalmoscopia retrospectiva.

Cuando vi las imágenes al recorrer la arteria nasal superior de Gisela, me quedé absolutamente horrorizada: la joven estaba siendo violada sistemáticamente por su cuñado, un hombre melifluo, anodino, al que se le concedió la incapacidad total, hacía años, por una osteomielitis que le produjo un accidente de trabajo, cuando un paquete de la línea de montaje donde trabajaba le cayó sobre el pie derecho. Siempre había acompañado a su mujer a la consulta y aparentemente era un hombre bondadoso y colaborador en los cuidados de su mujer.

No podía permanecer impasible, no podía no hacer nada, pero la única prueba que tenía eran unas imágenes oníricas, difíciles de explicar, que incluso podían poner en tela de juicio mi cordura. Expliqué a la trabajadora social que sospechaba que una joven estaba siendo víctima de violaciones y me comentó que iría a hacer una visita al domicilio, pero que si no teníamos pruebas y la chica no denunciaba, no podríamos hacer mucho más.

Decidí ir de nuevo a casa de Gisela. A solas con ella, le comenté que no me preguntara cómo, pero que lo sabía todo; le describí detalladamente las agresiones sexuales de su cuñado y le pedí que, por favor, denunciara, para que pudiéramos iniciar un proceso contra él.

Fue la primera vez que oí la voz de Gisela, muy débil… Me dijo que no lo haría, que si su hermana descubría la verdadera naturaleza de su marido, con su corazón tan delicado, moriría del disgusto, que prefería ser ella la víctima, ya conseguiría su propósito.

Como dijo Friedrich Schiller: «No existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas».

A los pocos días volvió a aparecer en mi consulta Nicola. Me dijo que tenía unos pequeños problemas en el dedo índice de la mano y se le atascaba; tenía un dedo en resorte y le hice una infiltración. Le recomendé que durante dos semanas no hiciera esfuerzos con ese dedo (quizá ese reposo evitó algún asesinato…). Como era nuestra costumbre, terminamos la consulta con una pequeña charla filosófica.

No pasó ni una semana, cuando al revisar mi agenda, comprobé que tenía citada a la hermana de Gisela y, lo que era más sorprendente, a la propia Gisela para consulta presencial. La hermana estaba visiblemente afectada con lágrimas en los ojos. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que su marido la había abandonado, y que lo peor de todo era que lo había hecho con una excusa pueril: le llamó por teléfono para comunicarle que un asesino a sueldo le había amenazado con matarle si no desaparecía en las cuarenta y ocho horas siguientes. Se esfumó, y desde entonces no sabía nada de él. Vi en los labios de Gisela una sonrisa tenue, pero alegre. La joven me pidió ayuda para recobrar las fuerzas, me preguntó si podía aconsejarle una dieta y unos ejercicios para recuperar la energía perdida.

Esto es lo que puedo contar; si alguno quiere saber algo más, quizá tendrá que venir a mi consulta a aprender cómo se lleva a cabo la oftalmoscopia retrospectiva y examinarme el fondo de ojo.

AMF 2025;21(3);3765; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

Cómo citar este artículo...

Verdú Rotellar JM. Oftalmoscopia retrospectiva. AMF 2025;21(3);3765. DOI: 10.55783/AMF.S210306

Comentarios

Belkis 25-04-25

Impresionante relato, somos eso, Médicos de Familia, los más cercanos a poder hacer un fondo de ojo a nuestros pacientes en su contexto habitual. Me gustaría también, al menos, tener 1 FO tan diagnóstico en mi desempeño profesional.

Anna 10-04-25

Jose Maria, estaría encantada de leer una recopilación de tus relatos si es que se parecen mínimamente a este. Gracias por compartir!

Marina 08-04-25

Maravilloso.

Jairo 07-04-25

Podría ser uno de los "Cuentos carnívoros" de Bernard Quiriny, ¡enhorabuena!

Maria del Pilar 03-04-25

Me ha parecido un artículo muy original y encuadrado más en la literatura del realismo mágico médico, con influencias de nuestros compañeros de sudamerica. Muy interesante. Gracias por compartir tu creatividad médicoartística literaria. Me encantaría dominar ese arte de tu exploración oftalmoscópica.

Azucena 26-03-25

Me ha encantado y se me han puesto los pelos de punta con el final. Bravo!!!!

Rafael I. 24-03-25

Jose, fantástico relato, como aquel que escribiste durante nuestra residencia de las mujeres del polígamo que descubrían que lo era al encontrarse convocadas por él con una vela cada una junto a sus respectivos hijos ;-) Escríbeme ([email protected]) Un abrazo: Rafa