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Junio 2026
Junio 2026

Tarde plácida

Alfonso Segura Jiménez

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. CS de Viana

Alfonso Segura Jiménez

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. CS de Viana

Este relato ha sido reconocido con una mención en el II Concurso de Relatos de AMF.

 

La ambulancia por el asfalto sin baches se adentra en el bosque, ni aúlla la sirena, ni rachea en las curvas. Tampoco las ramas cansadas de las encinas invaden el gálibo del vehículo. A lo largo de la linde de la carretera este año la pedanía ha hecho los deberes de la poda. Aun así, las primeras Digitalis rozan, purpúreas, el retrovisor. Por tramos, un túnel frondoso de castaños permite el paso entreverado de sol. Cuando el conductor toma la recta del valle mete la quinta marcha. Contemplar los chopos en silencio se convierte en el placer de la tarde.

En el trecho último, el médico sujeta —casi acaricia— el asa del maletín, recuerda el motivo del aviso y en su rostro aparece la mirada de un hombre en disposición de curar, o de paliar, o acompañar. Pobre fragilidad humana. La enfermera accede a la caja de guantes y el conductor gira en el desvío de la entrada al pueblo, donde muere el chopedo. Tintinean las hojas ocres, como la zozobra que precede a todo aquello que, sin duda, se desprenderá.

Hace ocho días que le hicieron la anterior visita a esta paciente. La enfermera recordaba a la mujer rodeada de franela algodonosa y el aroma a lavanda seca y el médico reconoció aquella faz que comenzaba a adentrarse por el sudoroso sendero del destino. La enferma, los pliegues nasales todavía esponjosos, sonreía gracias y a pesar del sopor morfínico. Esta tarde entran de nuevo en la aldea y desde la calle de la iglesia una viejita sube a la acera, con un grácil movimiento que no corresponde a su edad, dejando paso a la ambulancia, dedicándoles una imperceptible sonrisa —no menos agradecida— a los ocupantes de la ambulancia. Sabe por qué ha venido el médico, aunque recuerda que también el marido anda algo delicado. Es la hora de la vuelta al nido de las cigüeñas. Aletean alrededor de la torre mientras el equipo médico camina por el empedrado hasta la casa, frente al portalón de la abadía. Las cigüeñas castañetean en los nidos, satisfacen sus encuentros hasta acallar el crotoreo y queda solo un rumor sutil de viento. La abadía, por fin, atesora el silencio.

En esta tarde de primavera han vuelto de nuevo a la casa, a la habitación de lavanda, el médico delante, la enfermera detrás y después el ambulanciero. Este sabe que no tiene por qué cargar con el monitor de electrocardiograma. El doctor, contra el protocolo —y con el fonendo al cuello— ante la evidencia no suele permitir la invasión de los cables. Ha pasado una semana y un día y en aquella casa le esperan, como se espera lo que acabará por desprenderse, como se espera la salida de cuenta de una embarazada, como se espera una confirmación, un sello que abra una puerta. El hijo de la mujer les recibe en el zaguán. Al invitarles a entrar libera el labio superior de los dientes inferiores, que aprietan desde hace minutos, y suspira. También viene a husmearles el perro, que ladra una sola vez y se retira una vez cumplido; por el fondo del pasillo se pierde hasta el patio en el azul de las hortensias. Un aroma de levedad soportable impregna el aire, llevando a las habitaciones la quietud de las encinas de detrás del jardín. También fuera, sobre el nido de la torre, entre todas las cigüeñas habrá una —suele haber una— que levante un vuelo inesperado, por lo que se hace llamar «la falta»: la necesidad de una rama, una hebra en el nido, un miedo por un polluelo, el vacío que parece alzar nuestros cuerpos cuando todo parecía dormido. Todos los aires —y sus aromas— atraviesan el pasillo de la casa. Desde la torre de la iglesia hasta la puerta de entrada, y desde ahí se distribuye por todas las piezas, mueve los goznes de las puertas, la de color verde agua del patio, la de la habitación de la muerta. Allí todos permanecen quietos. Las tres hijas, el hijo varón, el marido, los nietos. Quedos, con la mirada esperan al doctor, parecen vivir transitando por un lugar extraño adonde es perentorio el advenimiento de una señal clara. No es momento de reparar en detalles nimios, ninguno mira las manos del doctor, nadie se percata de su frente amplia de campo de trigo, ni de su nariz recta con la que todo lo huele por defecto, nadie recaba en su porte, en la corbata de lana sobre camisa blanca. Y sin embargo, uno a uno van lanzando una mirada sedienta, primero uno, después otro, y luego la otra, y la otra, a los ojos del médico. Y no reparan en sus párpados, ni en el cansancio acumulado de sus ojos. Solo escrutan su iris, cual fuese una marmita donde se adivina el futuro, buscan afanosos una chispa sorprendente que desalinee de sus pupilas la fatalidad del exitus. El médico —circunspecto— se acerca al cuerpo.

Como suponía el ambulanciero, este médico solo tomará el pulso. «En todo caso», piensa, «pondrá el fonendo sobre el pecho, ¡le puede caer una con eso de no certificar la muerte con el monitor electrocardiográfico!».

Muerta, y cada vez más hacia dentro de la tierra, sin músculo que la sostenga y con el rostro celeste de quien ha sido cuidada hasta el final, el cuerpo lavado, las sábanas de algodón, la lavanda seca.

El médico cierra los párpados de la mujer mientras recuerda a su maestro, quien le diría: «El mejor fonendoscopio: el corazón».

AMF 2026;22(6);4032; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

Cómo citar este artículo...

Segura Jiménez A. Tarde plácida. AMF 2026;22(6);4032.

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